El 20 de mayo de 1902 quedó marcado con letras de oro en las páginas de nuestra historia. Aquel día, el reloj marcó las doce del mediodía y un silencio solemne inundó La Habana. En el Palacio de los Capitanes Generales, la bandera de las barras y las estrellas fue arriada para dar paso al momento más esperado por generaciones: el izamiento majestuoso de la enseña tricolor, con sus franjas azules y blancas y su triángulo rojo luciendo la estrella solitaria. ¡Nacía oficialmente la República de Cuba! Aquel no fue un simple acto protocolar; fue el triunfo definitivo del ideal mambí. Fue la culminación de décadas de sacrificios sobrehumanos en la manigua, del llanto de las madres cubanas y de la sangre derramada por gigantes de la talla de José Martí, Antonio Maceo y Máximo Gómez. Cada pliegue de esa bandera que subía al cielo libre de Cuba llevaba el alma de un pueblo heroico que jamás aceptó las cadenas del colonialismo. El despertar de una nación soberana Para el pueblo que desb...
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